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Tres meses. Diario de un médico cubano en Perú XVIII

 


Por: Mario Héctor Almeida Alfonso


Quien me dijera a principios de año que en junio volaría al Perú hubiese recibido una carcajada de mi parte como respuesta. Tampoco, cuando salí de Matanzas para La Habana, tenía claro el destino final. Como otros tantos colegas que entonces no conocía, estaba convencido de que viajaríamos hacia algún sitio para ayudar en el control de la pandemia. Pero país y lugar exacto… ni en broma.

Después de algunos días fuimos ubicados en la brigada de la cual hoy formo parte. Tras semanas de confusa espera nos informaron de la inminente partida y, en la tarde lluviosa del 3 de junio, despegamos del Aeropuerto Internacional José Martí  sin saber qué nos depararía el destino.  

Ya se cumplen tres meses de nuestra llegada; más de noventa días de trabajo, de triunfos y fracasos, de victorias completas y victorias a medias. Pero sobre todo de mucha –pero mucha– entrega. No ha sido fácil. No obstante, como decía una buena amiga que tristemente no pudo ver estas horas, tampoco difícil. 



 

Primero nos golpeó el clima, porque las temperaturas de estas tierras nada tienen que ver con las cubanas. Insertarnos de a poco en los roles dispuestos, en las diferentes posiciones, identificarnos con los compañeros, demostrar que no éramos advenedizos ni improvisados, adaptarnos a los trajes, máscaras, caretas y demás medios de protección… resultó complejo.

Hoy con orgullo podemos decir que hemos servido y que el esfuerzo ha sido coronado con creces por los resultados. Las redes de salud Pacífico Sur y  Pacífico Norte han hecho gala de la medicina comunitaria. Nuestros connacionales se han acoplado en los diferentes puestos de la atención primaria y realizado disímiles roles. No ha existido queja alguna de nuestro personal que, muy al contrario, ha sido una barrera importante en la prevención y contención de la Covid-19.

En el hospital La Caleta, de Chimbote, las vidas salvadas demuestran el esfuerzo de todos. Tanto el empleado de limpieza como el especialista de mayor nivel se han esforzado por ganar la batalla.

Con tres altas, hoy completamos las cien  vidas salvadas. ¿Cómo suponer que tal número se alcanzaría justo a los tres meses de nuestra presencia en tierras chimbotanas? Se trata de un premio al mancomunado esfuerzo peruano-cubano. Una cuarta alta en la mañana aportó el primero de los próximos cien que regresarán victoriosos a sus casas. 



En la emergencia, al igual que en la carpa de Covid-19, no se descansa. Sin embargo, al final del turno, cuando se logran cumplir los objetivos con los pacientes y los entregamos con avances clínicos, en mejor situación, hay un compensador sobresalto de placer.

Cada patología aguda tratada y compensada reconforta a todo el cuerpo asistencial. Presuntamente, estos pacientes no están infectados con el Sars Cov-2 pero la realidad es otra. La pandemia puede entrar por las puertas de cualquier institución médica disfrazada de mil maneras. Por ello, las medidas de protección no han de descuidarse. 

Además de los pacientes recuperados, vamos guardando en la maleta con que algún día regresaremos a la casa la experiencia profesional obtenida y el crecimiento como seres humanos; la compenetración lograda con los especialistas locales me hacen afirmar que, en el hospital La Caleta, la carpa y la emergencia tienen música cubana y el color de América Latina. 



Tomado de Cubahora

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