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Bestias en La Habana Vieja



Esta porción de ciudad hoy solo parece un cúmulo de adoquines abandonados, ya sin el churre que las primeras lluvias de verano se encargaron de limpiar.

Este pedazo de Habana, antaño matizado por pálidos rostros, resulta territorio de gatos que en horarios pico solían limitarse a la pestilente seguridad de los tanques de basura o barajeaban sus cuerpos entre estrechos barrotes, de esos que intentan mantener castos y puros los cuasi secretos jardines de los monasterios.

Son gatos de todo tipo. Panzones, escuálidos, peludos, sarnosos, prietos, blancos, con rayas, manchas… y hasta de orejas naranjas por el sol a contraluz que, anémico, intenta traspasar las membranas mientras cae por su propio peso tras la cúpula bañada en oro del capitolio.

Gatos de ojos verdes, negros y amarillos; confianzudos, que te retan, que defecan a plena luz y en plena plaza, gatos con uñas y dientes afilados que recelosos custodian  los “benditos” adoquines echados al olvido por las sandalias de particular arrastre y ritmo.

Gatos que con su soberbia te arañan la espina dorsal y te sacan las tripas, que te doblan, que te viran la cara como quien dice: “este no es tu vecindario” y que luego continúan escarranchados, mientras mean.

***

Por otra parte, los perros se han aburguesado e intentan pasar de todo lo mundano. Quieren semejarse tanto a los que se fueron que hasta parecen cubrirse el hocico con la pata derecha mientras tosen. 

Sí. Los perros de esta zona nororiental de La Habana Vieja tosen con insistencia y estilo, como si a muchos les importara que un perro callejero sin solapín enferme de coronavirus. Ignoran –pobres bestias– que para la gran mayoría de los que vienen y van, los perros callejeros no mueren, quizá ni siquiera nacen. No son más que otra superficie mugrosa, como un trozo de contén, una teja catalana mal puesta, un farol roto…

Los perros callejeros del nordeste de La Habana Vieja caminan junto a ti, sonríen, conversan, tosen, nacen, mueren y jamás te enteras. Coño… pobres bestias.

Otros van tirados por la “corbata”, elegantes corbatas de todos los colores, corbatas sobrias, chillonas y transparentes. Perros con comidas en hora, que no repiten plato para no perder la forma y cuidarse de las caries y de la diabetes, peinados y limpios con problemas resueltos, perros que sufren, claro está, el enclaustramiento de la cuarentena relativa. Perros por los que al morir harán retumbar las campanas de las iglesias cercanas y que tendrán llanto y velorio por todo lo alto. Pero eso no es nada comparado con lo que les espera. Se trata de perros tan suertudos que no tienen más destino que subir al cielo. 

Solo algunos canes bigotones del sur municipal conservan la sana y ancestral costumbre de perseguir bicicletas y asustar canillas. Solo en el sur hay gatos a su altura, que se engrifan y sacan dientes como cobras y desfallecen atropellados por camiones viejos. 

***

Las palomas mensajeras, contrario a lo que cuentan las crónicas televisivas, continúan ocupando las viejas plazas. Todos nosotros escondidos como ratas y ellas donde siempre, espléndidas, preciosas, sanas, para demostrar que no nos necesitan, que viven allí por derecho propio y que son inmunes a nuestras pestes. 

En bandada dan vueltas a la fuente y se posan en los barandales de las “antiguas” mansiones. De dos en tres vuelven al pompón, se bañan, beben, regresan a los pasamanos, después al piso, cagando siempre en vuelo  sobre los roídos adoquines.

Son presumidas protagonistas de un óleo neoclásico. Se sacan los piojos con la misma vanidad con que los griegos “enmuralados” retiran de un plato el racimo de uvas e introducen la más madura entre la lengua y el cielo de la boca. 

Las palomas están gordas. Quizás haya una vieja loca que cada tarde les traiga una jaba de migajas, quizás no las hayamos olvidado del todo, quizás sí y simplemente viven del viento, son inmortales. ¿Morirán algún día las palomas de la Plaza Vieja? ¿De verdad habrán salido de otras palomas, de un huevo? 

***

A pesar de todo y de todos, están los gorriones: diminutos, débiles, proletarios, ocultos, mayoría… Cantan desafinados y dispares antes de que llegue el sol y, de tantos que susurran, logran esa algarabía del murmullo de fondo que altera y ensordece al mismo tiempo que parece no existir.  

Los gorriones pasan la vida en las entrañas del dichoso nordeste de la Habana Vieja. No son seres de la pasarela, no tienen tiempo, apenas duermen y trabajan, apenas viven. Bestias al margen de todo, descoloridas y desentonadas, en eterna persecución del grano macho del arroz y de la paja, de la mosca aturdida, del calcio de la piedra. Pero el hambre los puede hacer tan bravos, que los he visto retener libélulas en pleno vuelo, desbaratarlas a picotazos y comerlas.

En medio de las dificultades que el mundo termina por engancharles, se las arreglan para ser dignos. Como cuando no les queda otra que aterrizar en la acera para pelear contra un duro trozo de pan y no ceden paso ni a las botas, que en lenguaje de gorrión significa: “Patéame si quieres pero no saldré del camino, no perderé el pan”. Por ende, también los he visto atropellados cual triste abanico, como para recordarnos la existencia de bichos que, incluso vencidos, saben ser extrañamente hermosos.

Y son muchos… cuidándose de las garras de los gatos, pasando inadvertidos entre los perros, suplicando a las palomas unas cuantas migajas de las que trae la vieja, pidiendo saciar la sed en sus fuentes de mármol, delgados, dando brincos nerviosos y fugases donde ellas, sedentarias y regordetas, caminan paso a paso y despegan para dormir tranquilas allá, en lo alto del campanario.

Los gorriones, fatigados, llevan todo lo que luchan a sus nidos. Viven aquí o allá, bajo cualquier teja catalana mal puesta.


Publicado en Qva en directo

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Foto: Vengo de Pasada

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