Ir al contenido principal

Los monstruos sí existen


Por Haroldo Miguel Luis Castro

Atreverse a desenmascarar los duendes que hacen de Erling Haaland un tipo ridículamente especial cuando se junta con un balón implica, de manera irremediable, aceptar el ocaso de una generación maravillosa. Casi sin darnos cuenta, un nuevo fútbol se nos ha venido encima para confirmar las sospechas sobre la existencia de vida más allá de la ampulosidad implícita en la circulación desmedida del esférico.

En el mundo de las prisas, los Mbappé, Joao Félix, Valverde, Sancho y otros tantos imberbes desfachatados han recurrido a las esencias para demostrar lo bello de la soberbia y la austeridad. Sin embargo, Haaland, por más que se empeñe en embriagar paladares a golpe de goles y desparpajos, todavía se le hace difícil arrancar del todo los fetiches de antaño.

Quizás porque sus coordenadas dentro de una cancha resultan tan arcaicas como el juego mismo o porque, para ser justos, de lo acontecido también hay mucho por aprender, el balompié de este rubio gigantón con cara de malo encarna la genialidad del pasado, presente y futuro.



Para intentar hallarle explicación terrenal, los más románticos ensalzan apologías que llegan a la escala de Batistuta y Adriano. Algunos, los conspiranoicos, hablan de alteraciones y cruces genéticos con el mítico Hugo Sánchez. En realidad, en algo llevan razón: varios se han ido al otro lado sin disfrutar de un delantero con tanta exquisitez.

A simple vista pareciera el típico “nueve” torpe, incapaz de dar dos pases seguidos y perezoso a la hora de ponerse el overol de trabajo. Nada más lejos de la realidad. Ha resultado un ariete pura sangre, de esos que huelen el miedo en los defensas y muerden el área con una bestialidad de espanto. Su instinto animal para la colocación sorprende poco menos que la potencia de sus disparos a portería.

El enchape a la antigua apenas se antoja el aderezo de un performance basado en la capacidad de interpretar y leer los distintos ritmos que se imponen durante 90 minutos. Aun estando lejos de aquellas puntas de frac y corbata ha mostrado cierto refinamiento para las salidas entre líneas y el dominio de espaldas al arco.

Sin techo visible para sus limitaciones, corre el riesgo de terminar allí donde el entusiasmo, la impaciencia y la sobredimensión, sin querer, aniquilaron auténticas promesas. Por eso se hace imprescindible moldear con sumo cuidado este guiño a lo extraordinario. Mientras, no estaría mal echar un vistazo de vez en cuando debajo de la cama antes de dormir. Después de haberlo visto sobre la grama, cualquier cosa puede pasar.


Publicado en Cubahora

Fotos: Web oficial del Borussia Dortmund

Para recibir más trabajos como este suscríbase a nuestro canal de Telegram

Comentarios

Entradas populares de este blog

En tres y dos y perdiendo

Me dice por el auricular que Matanzas va perdiendo ante Camagüey . Se acaba de fracturar dos costillas y no le queda de otra que andarse quieto, sentarse al televisor y espantarse un juego de pelota. “Vamos a ver qué hacen –suelta con resignada calma– hay dos outs pero tenemos hombre en segunda”. Abuelo tiene malas pulgas y siempre ha estado al frente de todo, por eso le cuesta asumir normas ajenas. Tendría que hacerlo; nadie, ni los hijos, construyen su propio barco para que otro sea el capitán. Él se niega. Prefiere morirse apestando en su cuartel general, solo, que oler a talco perfumado y bajar la cabeza y no poder gritar y no darse los purulentos tres tragos que, a estas alturas de la vida, le da la gana de tomarse. Desde que se jubiló, ya nadie recuerda por qué berrinche, comenzó a envejecer. Lo supo de inmediato, sintió que los años querían cobrarle una factura por encima de lo común, como cuando gastas más corriente de la que toca y, así de sencillo, no lo ...

Yo maté a Mayakovski

No me daba la gana de morir en el “puerto seguro” de la tal reseña. Desde que empecé la lectura, me había imaginado en un escritorio con luz tenue, máquina portátil y una taza de té hirviente en la que iría dejando caer pedazos de hielo, con la sola aspiración de escuchar el quebrantado “crac” producido por la física o la química o alguna otra cosa compleja furtiva a mi entendimiento. En tal ambiente escritural –idílico y absurdo –hilvanaría frases que me habían impactado como esa que asegura que “De un faro nadie puede escapar. Inútilmente pretendí ser la excepción” . Dejaría caer también que el autor emplea constantes elementos anafóricos en busca de la redondez de la pieza, lo cual conjuga con hipertextos a obras de poetas foráneos. Como quien traga bocanadas de grandeza, me había visto describiendo el carácter costumbrista del segundo relato o la asquerosa sensación que provoca el tercero en sus postrimerías, cuando tuve que detener la lectura y alejar el libro de la...

Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura. Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones. No quisimos verlo; cobardía, vagancia, miedo, amor; nadie sabe… y tampoco importa. Luego de ese domingo abuela dejó de caminar sin necesitar ayuda; por primera vez en años, quizá más de 70, paró de trabajar para los demás y comenzó a requerir, como la prueba de amor más grande ...