Ir al contenido principal

Treinta de febrero; la vindicación



***Declaración firmada y publicada el domingo 30 de febrero de 2020***

Pasarán cuatro años para que volvamos a estar así de cerca de un 30 de febrero. He imaginado tanto cómo sería, que incluso lo he saboreado y hasta olvidé que resulta –triste pero cierto– prácticamente imposible. Muy a pesar de lo que nos han metido en la cabeza… hoy, en lugar del primer día de un mes, debería ser el último del que recién culmina. 

Saldría en todos los periódicos, en las infocintas de los programas televisivos, en los titulares de los noticiarios y hasta en el “Hilo Directo” del diario Granma.  En mediodía en TV, Marino Luzardo disertaría sobre los lugares para celebrar la fecha y algún programa de bajo presupuesto enviaría estudiantes de Periodismo a la esquina del Coppelia, a preguntar a la gente cosas tontas como: “¿Qué piensa hacer en el primer 30 de febrero de su vida?”

En Twitter, aparecerían videos cursis y sensacionalistas de los presidentes más conservadores de América Latina o sencillamente colgarían una foto junto a un perro extravagante y niños de pelo lacio, encabezada con frases breves como: “No hay mejor manera de pasar el primer 30 de febrero del siglo XXI que en familia. Lo mejor para nuestros ciudadanos.” De más decir que hasta el perro estaría sonriendo.

Facebook se colmaría con millones de memes sobre el asunto, empleando imágenes de tipos despistados con un subtítulo que anuncie: “Transcurre el día más especial del milenio y tú haces cosas extraordinarias como preguntarle a tu mamá dónde está la toalla”. Whatsapp se alimentaría de nuevos stikers conmemorativos y Messenger devendría hervidero de cadenas spam, al estilo de: 
  • “Hoy, 30 de febrero, es un buen día para descubrir a quienes en realidad te quieren, esos que dedican dos minutos con 19 segundos de su tiempo para leer lo que escribes, aunque sea largo y sin foto. Envía este mensaje cargado de esperanza a todos tus amigos para demostrarles cuánto te importan, especialmente en estos tiempos en que todo pasa por nosotros sin que nosotros pasemos por nada…” 
La fecha también serviría para ratificar al segundo mes del año como el del amor. Claro, los amantes más audaces desarrollarían una especie de San Valentín suplementario y regalarían unicornios violetas de peluche, acompañados con una nota que insistiese en que “Lo nuestro es más extraño y surrealista que un 30 de febrero”. 

Asimismo, podría causar rupturas definitivas en esas parejas donde uno de los dos padezca de imperdonable descuido y el otro espere, en vano, su unicornio de felpa con pestañas largas.

En  Youtube  o en el paquete de la semana, saldrían con aire cartomántico astrólogos improvisados a relacionar la anomalía del almanaque con el polígono pluscuanperfecto que formasen, en dicho instante, los planetas del sistema solar vecino. “¿Coincidencia? No lo creo. ¡Géminis, Acuario, Escorpión! Aprovechen ahora que tienen todas las de ganar”, advertirían en tono mexicanizado.

Algunos, más inconformes y aferrados a la vieja usanza, emitirían charlas de larga duración, mandarían a imprimir pegatinas, distribuirían propaganda ligera y saturarían el entorno urbano con enormes carteles que certificasen: “Yo estoy a favor del febrero original”.

Acabemos de asumirlo y pongámosle el pecho al asunto: el período de marras ha sido marginado hasta en la ancestral distribución de los días. Con tantos meses del año que tienen 31 ¿qué más daría regalarle aunque sea dos al pobre febrero? Él, incluso, estaría dispuesto a hacer rotativa la sede del bisiesto.

 Pero los poderosos tienen sus manías y, ni muertos, dejarían que a ese plebeyo segundón le creciera un pelo de nobleza. “Es pobre por vago”, se empeñarían en teorizar. “Si quiere tener treinta días… que los luche”.

Al parecer, para este cuatrienio resulta tarde y somos pocos los sensibilizados con la causa. Sin embargo, si colocamos el tema en la agenda mediática, si logramos germinar consciencia de que un febrero mejor es posible, tal vez en el 2024 la cuestión se concrete y ocurra todo lo que hemos predicho.

Quizás no… y la cosa se antoje más compleja de lo que proyectamos. Estoy seguro de que los círculos de poder criminalizarán cada uno nuestros actos y los grandes monopolios de la información tergiversarán nuestras intensiones. Dirán por todas partes que pretendemos arrancarles a enero, a marzo, a mayo, a julio, a agosto, a octubre y a diciembre, los días que con tanto esfuerzo se han ido ganado desde los tiempos de Gregorio, e incluso más atrás, cuando Julio César.

Pero no nos importará… continuaremos como sempiternos febreristas inadaptados y, cada primero de marzo, brindaremos con ron de contrabando sobre los restos de nuestra utopía en quiebra.

Publicado en Cubahora


Para más historias como esta, entra con nosotros a Telegram

Comentarios

Entradas populares de este blog

Romance de la niña triste

Pensando en Raúl Ferrer... (Voy a aprender a escribir/ guajirita desdeñosa/para ponerte una cosa/que me da pena decir. / Qué doloroso sentir/  que llevo dentro un jilguero/ cantándome: —Compañero,/ toma lápiz y papel/ y escribe: “Guajira cruel,/ si no me quieres me muero”). Niña es la niña no inscrita En historietas de hadas. Niña se monta en el viento Y corre como las balas... Niña vive y libre vuela Sin necesidad de alas, Niña nada en lo profundo, Cerca de las mantarrayas Y se trepa por las sogas Sin imaginar las llagas Que después le han de salir En sus manos coloradas. Niña que juega a ganar, Va a jugar y solo gana, Niña, sonrisa de niña, Respira hondo y exhala  Niñez preciosa y robusta Que no cabe en una sala. Niña que al pasado mira Mientras al futuro clama Porque el presente se extinga Y le devuelva las alas, Para correr más que nadie, Para vestir batablanca Y sanar a cada niña Que tal cual ella se abata. Niña allá en el horizonte En los gajos de las matas...

A quién le importa cuánto cuesta un ala

De mí se espera mucho: que me mida la pasión, que la regule. Que siga los pasos de quien más suerte tuvo entre los últimos diez o quince o treinta que anduvieron por mis chanclas. Me conocen tanto, que regularmente debo, para saber quién soy, ir a revisar sus ojos y sus lenguas. Allí también, rebobinando un poco, encontrarán ustedes la versión oficial, esa que vale, de las cosas que he hecho: mis motivos, egoísmos, cinismos, fracasos… Casi que pedir permiso tengo para respirar en la siguiente dirección. Y he descubierto que me temen y que, piadosamente, me convidan a tenerme miedo… Dejen en paz al gorrión, que ya él pagará el precio de ignorar migajas por batir libélulas y camaleones. De sobra sabe                          que se juega el ala. Texto: Mario Ernesto Almeida