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Alberto Yarini, el "santo" chulo


Cuando las últimas luces del día se extinguieron tras las corroídas y apretadas fachadas del barrio de San Isidro y los relojes marcaron las siete y cincuenta y cinco de la tarde, Alberto Yarini llegó al domicilio número 60 de la calle Compostela para encontrarse con Berta La Fontaine. Pues horas antes había recibido una nota de su propio puño y letra invitándole a verla. 

Al llegar, se topó con Elena Morales, una de sus 11 señoras, quien le contó que la joven muchacha de 21 años sin dar muchas explicaciones le solicitó el favor de atender sola la clientela de esa noche. Desconcertado ante la noticia, Yarini y Pepe Besterrechea, su acompañante por pura casualidad, apenas alargaron su estancia para discutir con la concubina algún tema de menor interés y, quizás, tomar un poco de agua o una buena taza de café.

Antes de salir a la calle, Elena atinó a adelantarse a los señores para otear el panorama. Sin embargo, no alcanzó a avisar la presencia de varios hombres armados en la acera del frente y en las azoteas de las casas colindantes. Meses después, durante la celebración del juicio en la Audiencia de La Habana, la prostituta y testigo del hecho, Rosa Martínez, declaró que antes de iniciar la balacera, desde uno de los tejados se escuchó el acento francés inconfundible del también chulo Luis Letot al gritar: “¡Yarini, te voy a rajar!”.

El periodista e historiador Ciro Bianchi Ross, en su artículo “Lo que me contaron de Yarini”, relató que el policía de posta en Picota y San Isidro dijo haber contado entre diez o 12 disparos. Como consecuencia, Letot cayó fulminado de un balazo propinado en la frente por Besterrechea, mientras Yarini recibió dos heridas en el vientre que le causó una hemorragia incontrolable. Eran las ocho de la noche del 21 de noviembre de 1910. Había comenzado la Guerra de las Portañuelas.

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La corta e intensa vida de Alberto Manuel Francisco Yarini y Ponce de León constituye una de las tantas historias que, ya sea por pudor o conveniencia, se ha preferido, cuanto menos, sepultar. Envuelto en demasiadas sombras para representar a la burguesía cubana de principios del siglo XX y mucho menos para personificar al ciudadano modelo de la sociedad proletaria, ningún libro de carácter académico-historiográfico publicado antes o después de 1959 hace referencia a una de las figuras más célebres de su época.

Alberto Yarini encarna por antonomasia al antihéroe libertino, que si bien no está desprovisto de ética, rompe con los cánones establecidos y encuentra mayormente aceptación entre la mal llamada gente “de abajo”, donde el entorno y la experiencia del día a día fuerzan a valorar al individuo desde aristas bien distantes a las moralmente aceptadas.

Hijo de Cirilo José Aniceto Yarini, titular de la Cátedra B de Ortodoncia de la Universidad de La Habana y descendiente directo de la mezcla de los Yarinis italianos y los renombrados Ponce de León criollos, parientes de los marqueses de Aguas Claras y los conde de Villanueva, procedía de una estirpe de personas ilustres, amantes de la ciencia, la urbanidad y la cultura.

Recibió una educación esmerada, llegando a viajar incluso a los Estados Unidos a muy temprana edad. Una vez terminada la lucha independentista en 1898 regresó, pero sin profesión ni oficio, pese a la insistencia familiar de continuar con la tradición médica.

Siempre bien vestido, elegante y con bolsillos sin fondo, su nombre alcanzó relevancia en los ambientes más populosos y festivos de la capital al protagonizar más de una revuelta.

Sin explicación aparente, se interesó por la política y comenzó a militar en el Partido Conservador cuando José Miguel Gómez recién se establecía presidente electo de la todavía joven república. Su presencia, extraordinario carisma e indiscutibles dotes de orador lo llevaron a dirigir el Comité del Partido Conservador en el Barrio de San Isidro y a aspirar a un escaño dentro de la Cámara de Representantes. Toda una fachada para mantener su reinado sobre el mundo que realmente amaba y disfrutaba: la prostitución.

El periodista y escritor Leonardo Padura Fuentes en el texto “Yarini, el Rey” explica que el prolífico negocio del meretricio entonces constituía un mal social inextirpable. Pues la mayoría de las mujeres hallaban en la venta de su cuerpo la única solución para subsistir a un sistema negado a ofrecerle oportunidades de trabajo.

El también conocido con el sobrenombre de “El Estudiante” se labró un camino de prestigio, admiración y respeto entre doncellas y demás colegas del “oficio”, sobre todo, por su virilidad. La poetisa y editora Dulcila Cañizares, su más apasionada biógrafa, en el libro “San Isidro 1910. Alberto Yarini y su época”, describe al solicitado dandy como un hombre de cinco pies y seis pulgadas de estatura y 60 kilogramos de peso. Siempre perfumado, educado y elegante. Capaz de deshacerse en sonrisas y gestos refinados en presencia de alguna dama. Comportamiento bien diferente al que mostraba cuando se hallaba en su imperio de “gentes del mar vivir”, donde se le tenía que rendir pleitesía y dirigirle la palabra sin el más mínimo ápice de hostilidad.

Según Cañizares, era una persona bastante metódica en su vida cotidiana. Se levantaba tarde y desayunaba siempre en su hogar de Paula 96. Luego, sacaba a pasear a los perros siempre con el mismo recorrido. Bajaba hasta Picota, doblaba a la derecha y caminaba hasta llegar a la fonda El Cuba. Allí se encontraba a su amigo y mano derecha, Pepe (Pepito) Besterrechea para tomar un mojito, una copa de coñac, o un trago de ginebra. Más tarde, continuaban hasta Compostela para beber ron o cerveza mientras se limpiaba los zapatos.  

El escritor Alejo Carpentier lo recuerda a la cabeza de las manifestaciones de su partido montado en un extraordinario caballo blanco de cola trenzada. Los músicos Gonzalo Roig y Sindo Garay, coinciden al rememorar que la personalidad temeraria de Yarini hacía flaquear a los tipos más duros. Relatos muy acordes con los sucesos ocurridos en el pueblo de Güines, donde se enfrentó a una decena de simpatizantes de la tendencia Liberal; o con la vez que le fracturó de un puñetazo la nariz y el maxilar al Encargado de Negocios de la Embajada de los Estados Unidos por ofender al general Raúl Rabí, un negro masón, abakuá e independista

Yarini entendió como pocos las interioridades de una ciudad que supo enamorar y lo amó con locura. Sin embargo, acaso por soberbia o ingenuidad, rompió la ley fundamental de todo gigoló: vivir de las damas y no morir por ellas.   

***

Mientras la mayoría de los atacantes apostados en los techos de los inmuebles lograron escapar, Besterrechea cayó en manos de las autoridades, aunque antes pudo desprenderse del revólver. El estado de Alberto Yarini, trasladado en un inicio a la estación de policía de Paula y luego a Emergencias, empeoraba por segundos. Sus exiguas fuerzas apenas le alcanzaron para escribir en un recetario su culpabilidad en el asesinato de Luis Letot, eximiendo de toda responsabilidad a su querido Pepe.

La desfachatez y prepotencia de haber conquistado y exhibido a la pequeña Berta —propiedad de Letot—frente a los propios ojos del galo le habían firmado una sentencia que solo se podía pagar con sangre. Tras desgarradoras horas de agonía, a las 10:25 de la noche del 22 de noviembre se registraba su deceso. El cadáver se trasladó al domicilio paterno en Galeano 22–actual 116– custodiado por fuerzas del orden ante el temor de algún intento de venganza por parte de los “apaches” franceses.

Toda la ciudad se sumió en el luto. La novedad de fallecimiento causó las más inesperadas muestras de cariño y dolor, desde el llanto inconsolable de cuanta prostituta lo conoció, hasta revueltas para lavar el honor mancillado.

El día 24, a las nueve de la mañana, el cortejo fúnebre partió hacia la necrópolis de Colón. Un mar de personas se dio cita para dar el último adiós al rey de las noches y los más extraordinarios placeres. Solo con el entierro de Máximo Gómez, un tiempo atrás, se experimentó algo similar. En contraste a las doncellas y homosexuales más baratos de San Isidro, se encontraban importantes figuras del ámbito político, social y cultural del país. El ilustre sociólogo y pensador Enrique José Varona encabezó con su firma la esquela mortuoria. El prestigioso Miguel Coyula tuvo a su cargo la despedida del duelo que contó con la presencia del mismísimo presidente de la república.

A la altura de Carlos III, el féretro fue sustraído de la carroza por los amigos más íntimos y transportado en hombros hasta el cementerio. Una vez ubicados en el panteón, los sonidos armónicos de un coro de tambores comenzaron a romper el habitual silencio del lugar. Puede que, por vez primera, miembros de la hermandad abakuá dedicaran el nyoró a un “pagano”.

La muerte de Alberto Yarini puso fin a uno de los relatos más convulsos jamás conocidos, pero marcó para siempre el nacimiento de una leyenda.

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Quizás para hacerle frente al vacío que dejó su pérdida, desde siempre se conocieron anécdotas que lo vinculaban con experiencias sobrenaturales. Así, en el imaginario social quedaron muchas historias contadas sobre todo por María Besterrechea Zarduendo, quien develó vivencias supuestamente reales de su hermano Pepe con el desaparecido Alberto Yarini.

Sin embargo, al descubrirse su descuidado panteón, ubicado relativamente cerca de  donde descansan los restos de "La Milagrosa", por la presencia de velas, cocos, tabacos y botellas de ron, el visitante puede percatarse de estar en presencia de una peculiar adoración religiosa en la que se mezclan fronteras y se recodifican significados.

Al historiador del barrio de San Isidro, Lázaro Rafael Baró Medina, le impresiona poco el arraigo popular del que goza Yarini porque “siempre ayudó al prójimo y al más necesitado. La gente venía para que le solucionara sus problemas, y nunca discriminó a nadie. Le daba igual pagarle un plato de comida a un chino que darle trabajo a las muchachas del campo. Él calzaba y vestía a cualquiera”, declara el también promotor cultural.

Como todo acto surgido de la espontaneidad popular, resulta imposible determinar cuándo comenzó su veneración. Si bien Eduardo García Tamayo, sacerdote católico de la iglesia de Sagrado Corazón, considera improbable la comunicación entre el terreno material y el espiritual; Blas Rolando Martínez Reyes, trabajador de la necrópolis de Colón por más de cinco años, asegura que muchas personas visitan con frecuencia la tumba del proxeneta para realizar promesas o agradecer milagros.

“Aquí yo he visto homosexuales y mujeres muy bonitas, siempre mayores de 30 años. Ellos llegan, piden sus cosas y le ponen flores. También arreglan y limpian un poco los alrededores”, atestigua Martínez Reyes.

La Máster en Estudios Sociales y Filosóficos sobre Religión del Instituto de Antropología, Yeni Pantoja Torres, alega que este fenómeno tuvo todo un reverdecer a finales de los años 90´. “Con todo el proceso del llamado periodo especial, se comienza a cambiar en el imaginario y la mentalidad colectiva la percepción sobre la prostitución. También influye el hecho de que a Yarini, al estar asociado con la virilidad, el dominio del sexo y el éxito, en la religión africana se le vincula con Changó”. 

Más allá de explicaciones teóricas y respuestas que intentan dar aparente sentido a prácticas que jamás la necesitaron, aun hoy nos encontramos a quienes, como Mercedes Armenteros Ávila, intuyen la presencia de Alberto Yarini. “Me lo imagino caminado por el medio de la calle, como si fuera el dueño de todas. Sé que anda por Belén, Compostela y San Isidro”.

En un país aferrado en borrar cuanto lastre quede todavía de un pasado no tan lejano, pudiera parecer irrisoria la devoción hacia un chulo. Sin embargo, en el culto a Yarini sale a relucir esa otra realidad a veces ignorada, en la que se pueden distinguir los más remotos preceptos culturales del miles de cubanos.

Publicado en Cubahora, por Haroldo Miguel Luis Castro.

Imagen: Juventud Rebelde

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