Ir al contenido principal

Sin miedo a las alturas


Óleo: Jeremy Mann


A Yanara


Si bien no me sofocan las alturas

Confieso que me intimida

Cuando te descubro en tu afán de sembrar maravillas

Recogiendo el polvo cósmico

Que nos ha dejado a su paso una estrella viajera.


Y yo me quedo aquí en esta orilla,

Desafiando cualquier espera,

Con tal de encontrarme más allá del ocaso de mis noches

Con el milagro limpio de tus labios.


Déjame tallar en el panteón de tus recuerdos

El precio de estos latidos efímeros

Antecedidos por la fuerza telúrica de la sangre

Que bombeas a mis venas

Derramando el preludio de mil historias

Que solo el viento conoce de memoria

Y el rumor del rocío de la mañana

En donde llega en misa y procesión

Un suspiro hasta tu ventana.


Líbreme el corazón ajeno

De la burocracia de los sentimientos

O de redundar en la resaca de otros amores

Mucho menos pasionales

Hasta que el mundo donde habito,

Detenido a la espera de verte llegar,

(Como un claro en el pantano de mis dudas)

Pueda por fin reanudar.


¡Vamos!

Subiendo a cuestas

En la otra falda de la colina

Aguarda la verdad

Y cuando empinemos la cima

Puede que te ofrezca a cambio la paz.


¿Qué hacer

Con estas ganas de escribirte

Si cuando te pienso 

Se me quedan cortas las palabras?


A riesgo de lo que pueda pasar

Comienzo a redactar esta misiva

Lista para cruzar continentes

Hasta llegar a tu boca

Y ahí pueda empezar la vida

Sin miedo a las alturas.

(José Manuel Lapeira Casas)

Comentarios

Entradas populares de este blog

En tres y dos y perdiendo

Me dice por el auricular que Matanzas va perdiendo ante Camagüey . Se acaba de fracturar dos costillas y no le queda de otra que andarse quieto, sentarse al televisor y espantarse un juego de pelota. “Vamos a ver qué hacen –suelta con resignada calma– hay dos outs pero tenemos hombre en segunda”. Abuelo tiene malas pulgas y siempre ha estado al frente de todo, por eso le cuesta asumir normas ajenas. Tendría que hacerlo; nadie, ni los hijos, construyen su propio barco para que otro sea el capitán. Él se niega. Prefiere morirse apestando en su cuartel general, solo, que oler a talco perfumado y bajar la cabeza y no poder gritar y no darse los purulentos tres tragos que, a estas alturas de la vida, le da la gana de tomarse. Desde que se jubiló, ya nadie recuerda por qué berrinche, comenzó a envejecer. Lo supo de inmediato, sintió que los años querían cobrarle una factura por encima de lo común, como cuando gastas más corriente de la que toca y, así de sencillo, no lo ...

Yo maté a Mayakovski

No me daba la gana de morir en el “puerto seguro” de la tal reseña. Desde que empecé la lectura, me había imaginado en un escritorio con luz tenue, máquina portátil y una taza de té hirviente en la que iría dejando caer pedazos de hielo, con la sola aspiración de escuchar el quebrantado “crac” producido por la física o la química o alguna otra cosa compleja furtiva a mi entendimiento. En tal ambiente escritural –idílico y absurdo –hilvanaría frases que me habían impactado como esa que asegura que “De un faro nadie puede escapar. Inútilmente pretendí ser la excepción” . Dejaría caer también que el autor emplea constantes elementos anafóricos en busca de la redondez de la pieza, lo cual conjuga con hipertextos a obras de poetas foráneos. Como quien traga bocanadas de grandeza, me había visto describiendo el carácter costumbrista del segundo relato o la asquerosa sensación que provoca el tercero en sus postrimerías, cuando tuve que detener la lectura y alejar el libro de la...

Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura. Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones. No quisimos verlo; cobardía, vagancia, miedo, amor; nadie sabe… y tampoco importa. Luego de ese domingo abuela dejó de caminar sin necesitar ayuda; por primera vez en años, quizá más de 70, paró de trabajar para los demás y comenzó a requerir, como la prueba de amor más grande ...