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El extraño caso del ladrón de tierra

*** Hay quien roba comida, ropa, dinero, automóviles, motocicletas; se conoce, incluso, de los ladrones de ideas, de los usurpadores de palabras, del hurto forzoso y cruel de la inocencia… ¿pero tierra? ***


Etereotipo del ladrón primermundista. Imagen: Reuters

 

 A mi amigo Josué Benavides,
físico y, por encima de todo,
ladrón de tierra.

 

Hay quien roba comida, ropa, dinero, automóviles, motocicletas; se conoce, incluso, de los ladrones de ideas, de los usurpadores de palabras, del hurto forzoso y cruel de la inocencia… ¿pero tierra?

Y no hablo del raptor de cuello blanco que trastoca propiedades y papeles, ni siquiera de los que a punta de pistola logan que la gente marche; no me refiero a la tierra como terreno, como espacio, finca; hablo de ella en su significado más puro, ese material desmenuzable del que –especifica la RAE– principalmente se compone el suelo natural.

Hablo de tierra como ente “agarrable” con las manos, “ocultable” en bolsa, trasladable en brazos, piel, orejas, uñas… tierra como puñado de polvo.


Los hechos


Pude verlo. Las excavadoras habían abierto en pleno asfalto (La Habana, Cuba) un orificio rectangular de cuatro metros de largo, dos de ancho y dos de hondo. Restaurada la avería, echaron tierra roja y más tierra roja y luego un tanto más, hasta que el hueco dejó de serlo.

Un hombre se agachó junto a la superficie blanda y apisonada por la lluvia del verano tardío, abrió una jaba de nailon y, con la propia mano, comenzó a llenar su “cesta” de aquella tierra buena (la mejor), cargada de hierro y otros minerales.

Sin permitir que la vista de ningún curioso intimidase su empresa, sacudió sus palmas, enganchó las orejas de la bolsa en los dedos de su diestra y caminó lentamente hasta la casa, impune, como quien llega de la compra ansioso por mostrar a la familia el botín. 


Muestra del elemento "expropiado"


Posible desenlace fatal


Un oficial de la ley enterado del suceso quizás actuaría de inmediato. Preguntaría a los testigos sobre la naturaleza del hecho, los detalles, rasgos corpóreos, faciales, ritmo al caminar. De seguro algún encuestado, con una visión ortodoxa y cabal de su función como ciudadano, le espetaría al agente: “No averigüe más. Yo sé quién es, cómo se llama y donde vive”.

Tras la orden correspondiente, el “bandolero” sería detenido para evitar fugas o reincidencias en medio del proceso de investigación; tal vez lo conducirían a la celda más húmeda, oscura y fría, con tal de que aprenda que con la propiedad social nadie se mete… nadie.

El fiscal a cargo sabría bien cómo hilvanar hechos, suposiciones y falacias. Alegaría que la actitud del acusado se corresponde casi perfectamente con la de los recalcitrantes terratenientes y que ello resulta un sesgo capitalista del cual tenemos que desprendernos de una vez y por todas.

Insistiría en que ese tipo de conductas no se han tolerado desde las leyes de reforma agraria y que robar tierra es, de alguna forma, como robar país. Añadiría que el hecho se llevó a cabo con premeditación, he ahí un agravante, y que intentó, por ser a plena luz y en horario pico, ganar la complicidad de los presentes y normalizar el vandalismo.

De cierre, expresaría que ya tenemos demasiados baches como para tolerar que un desafecto al civismo sabotee el hueco que, con tanto esfuerzo, terminará por asfaltarse en los próximos meses.

Por su parte, el abogado defensor ya le habría preguntado en cita previa al recluso el porqué de su indisciplina y este le respondería, con la cabeza gacha, que solo intentaba llenar una maceta para sembrar.

En el juicio, con oscura toga y albinas intenciones, enarbolaría la idea de que su defendido solo deseaba ser consecuente con la política país de “cultiva tupedacito”, intentando dar un paso más allá en aquello del autoabastecimiento.

Como no tenía terraza o jardín o nada que se le pareciera, logró que un vecino le vendiera a plazos una maceta que terminaría por botar. “Le faltaba la tierra, señor juez”, vociferaría el letrado, añadiendo a su disertación que una mata de pepinos tiene escasas probabilidades de crecer engullendo solo las partículas de barro que lograse expropiar a la maceta.

“En este caso, no sería robo, sino expropiación, porque la mata de pepino posee, como todos, derecho a la vida y solo iba a intentar apoderarse de lo mínimo indispensable que encontrara, con lo cual tampoco iba a resolver. ¡Tierra! ¡Hacía falta tierra!”.

En cuanto a lo de sabotear para crear un futuro bache, el abogado establecería con firmeza que la tierra extraída formaba parte de la superficie excedente del relleno. Un excedente que contribuiría, a fin de cuentas, al distanciamiento social en el reparto, porque tres pepinos que el acusado lograse producir en su maceta resultarían tres personas menos haciendo cola en el agro de al doblar.

“Además, el acusado se comprometió a compartir la cosecha con su edificio, muy consciente de que los pepinos no sobran, excelencia. Lo sabrá usted: ¡no sobran!”.


La mata de pepino que pudo ser


El juez estaría a punto de oficializar la inocencia del acusado cuando el fiscal quizás pidiese intervenir nuevamente y preguntara al jurado qué ocurriría si a todos los del barrio les daba por pagar macetas a plazos y llevarse tierra para sembrar pepinos.

“El hueco quedaría sin tierra”, gritaría escandalizado el fiscal. “Necesitamos un escarmiento. Si somos indulgentes, dejarán vacío el hueco y tendremos un bache que dará de qué hablar al enemigo”.

El abogado defensor se pararía insultado y dejaría ir que “¡El escarmiento no da pepinos, ni comida, ni nada! Lo que hay que hacer es dar tierra, roja, ferralítica, regalarla en cada esquina, como hacíamos antes con el agua, que a nadie se la negábamos. Venderla no, porque, como casi dijo el señor fiscal, vender tierra es como vender país. ¿O acaso la convocatoria de “siembra tu pedacito” es solo para patiotenientes?”.

Los presentes se levantarían a aplaudir y el juez aplazaría la sesión. Los medios del extremo lado de allá sacarían de inmediato titulares al estilo de “Ciudadano cubano es procesado por intento de sembrar país”. Los rotativos impresos llenarían los estanquillos del día siguiente y, en contraportada, saldría a página completa un reportaje bajo la frase: “Sembrar su pedacito es un derecho de todos”.

El acusado dormiría otra noche de encierro y se preguntaría antes de quedar completamente dormido: “¿Quién rayos me habrá mandado a recoger tierra? Al final no sabía ni qué sembrar y el pepino no me gusta”.

*El último epígrafe de esta historia nunca ocurrió.

Publicado por primera vez en Qva en Directo

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