Ir al contenido principal

Abuela y la carretera


*** Premio en el Encuentro Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre (2019) en la categoría de Estudiantes ***


Corrían los complicados primeros años de la década del noventa cuando ella –mujer, treinta y tantos años, delgada, trigueña, suboficial del Ministerio del Interior, ambos hijos becados en distintas universidades, padres campesinos, divorciada–  recorría diariamente, tanto en la ida como en la vuelta, los cerca de 25 kilómetros que separan a la ciudad de Matanzas de Sabanilla: un pueblo del municipio Unión de Reyes que ya ni siquiera se llama así.

Conocía los horarios y márgenes de error de las pocas guaguas que cubrían su itinerario y, producto de esa camaradería que nace entre quienes chocan sus miradas de forma constante en tiempos de crisis, había choferes que hasta insistían en no cobrarle el pasaje.

El ya difunto Titón, con su guagua ruidosa y vibrante, colmada de vapor en meses de lluvia e infestada de frío en temporada seca, armaba barullos cuando algún pasajero intentaba filtrarse sin depositar los centavos que costaba el viaje. Y se alteraba y gritaba a los cuatro vientos y movía la cabeza y “hasta cuándo, caballero, hasta cuándo”.

Colocaba su manota de negro noble con la palma hacia arriba en función de alcancía y la gente, ajetreada de todo el santo y bendito día, dejaba los quilos. Ella subía y, en la mano abierta del entretenido chofer, en vez del pago, daba dos toques alternos con el dedo del medio y el anular mientras decía, con inflexiones de vos: “ti-ton”. Él se echaba un poco hacia atrás y le preguntaba “cómo está la cosa, Rosita”.

La tarde más difícil, de las tantas, quizás resultara aquella en que salió casi de noche de cierta reunión, a tal hora que la carretera yacía semidesértica. Algunos compañeros de trabajo le habían insistido en que era peligroso, que mejor se quedaba… pero ella mintió con rostro de tranquilidad para calmarlos y aseguró que siempre pasaba algo y que ese “algo” le paraba.

El panorama del parque Maceo tornó sombrío y la tenue luz amarilla del poste prendió de un “chas”. Preguntó la hora a un señor y la respuesta la obligó a desarrollar un suave movimiento con la cejas. El tiempo continuó en su andar y ella de pie al borde de la acera… con el uniforme triste.

El lada negro y amarillo se detuvo. “Unión”, escuchó murmurar al chofer y abordó con la tranquilidad en el pecho y el miedo en la espalda. Ni siquiera registró el monedero. Había salido en la madrugada de la casa a sabiendas de que hay que trabajar y llegar temprano y de que, aunque no tengas un centavo encima, la gente es buena o, por lo menos, regular y te lleva a dónde vas y te dice buen día.

Pero aquello era un taxi. Un ladrillo de rusa procedencia capitaneado por un funcionario del estado que, solidario o no, debía cobrar tres tristes pesos a todo aquel que montase.

Al llegar al pueblo, preguntó en qué calle vivía y ella indicó. Paró diez metros después de su frontón. Antes de bajar, pidió la esperase un instante para ir “rapidito” a buscar el dinero.

Él sonrió y negó con la cabeza. “Que no se preocupe, señora, no tiene que pagarme nada”. Agradeció lo más humildemente que pudo y entró despacio a la casa, mirando hacia todas partes, buscando qué de valor poseía para haber pagado: aquel mamey, tal vez dos aguacates, un adorno viejo, un vaso de la vajilla, un puñado de arroz… Y aquella era la incertidumbre cotidiana.

Asomaron los 2000 y continuó con su uniforme colgado al cuerpo, los mismos 25 kilómetros de carretera sobre los cuales ir y venir cada día y un par de nietos que agarraba en cada brazo los fines de semana para llevar consigo.

Salía nerviosa y confiada al mismo tiempo, como quien recita en el matutino un poema consabido desde siempre. Resultaba la misma perspicaz pero, esta vez, encarnaba la mirada recelosa de las gallinas sacadas. 

“Ando con los niños, por favor”, decía con una mirada de diabla a punto de ataque a quien se le adelantaba o intentaba colarse.
“Chofe, ¿me adelanta hasta la Bellotex? Hágame el favor, voy con los niños”. Y para que nadie se durmiese en la luna de Valencia, los animaba con que “arriba, chiquillos, saquen la mano que ustedes tienen que aprender a coger botella para cuando abuela no esté”.

Les enseñó que las chapas amarillas ni se miran porque son particulares y cobran y la vida está muy dura para dar diez o veinte pesos todos los días, que ese dinerito después sirve para cosas mejores. Estrujaba los ojos y anunciaba: “a ver, niños, si aquel carro tiene chapa azul, le sacamos la mano que va a parar (…) Pero mira quién es. Oye, mi amigo, ¿tú vas para Sabanilla, no?”

Y si algo les enseñó, es que, tramo a tramo, se llega a Roma. 

En el Pueblo, los mandaba los domingos en la tarde a preguntarle a Tabito a qué hora de la madrugada siguiente saldría su guagua de cristales empapados y ranas dormidas.
Despertaba a todos con un vaso de leche aligerada con agua y café, “para que no tenga tanta grasa y no les dé fatiga por el camino” y salían, otra vez, bajo un cielo amotinado en destellos y entre cocuyos.

Llegaban aún de noche a Matanzas y caminaban por toda la avenida San Luis hasta cruzar el puente del San Juan. Les susurraba que “ni se les ocurra decirme abuela porque está oscuro y la gente va a pensar que andan con una vieja… y nos asaltan”.

***

Llegamos a casa de abuela sin avisos y, al escucharnos abrir la puerta del frontón, jura que ahora mismo estaba pensando en nosotros y por eso sabía que vendríamos. Nos regaña por andar en máquinas. “Oye, ¿para qué yo les enseñé a ustedes a moverse en botella? No gasten más dinero por gusto que después no hay”.

Y no entiende de historias, ni de que la calle está mala, llena de gente, sin carros… porque a ella qué cuento se le va a hacer. Y nos habla de cómo llegó “facilito” el otro día, que en la terminal había una guagua esperando o que vino con el hijo de fulana que está gordísimo y tiene un carro moderno.

O que “¿te acuerdas de aquel compañero mío del Minint? Pues tú sabes que ya yo ni veo ni reconozco a la gente… me paró y preguntó con tremendo cariño: `Rosita, ¿usted no se acuerda de mí?´. Le expliqué que no. Hasta que me vino su cara y le dije `¡ay, mi madre, mengano, qué vergüenza, estoy hecha una vieja!´. Y me gritó eufórico `móntese aquí adelante, que voy para Sabanilla y la llevo´”.

Abuela –mujer, sesenta y tantos años, delgada, trigueña, exoficial del Ministerio del Interior, ambos hijos radicados en alguna ciudad, padres fallecidos, ajuntada y más comunista que nadie–  le teme a los majaes y a los toros, pero todavía sale a la carretera porque aún hay que llegar alguna parte y porque, aunque no haya guaguas ni camiones, sabe que la gente es buena o, por lo menos, regular… y frena, te lleva hasta dónde vas y te dice buen día…

Publicado en Cubahora

Imagen: 10K

Para recibir más historias como esta suscríbete a nuestro canal de Telegram


Comentarios

Entradas populares de este blog

En tres y dos y perdiendo

Me dice por el auricular que Matanzas va perdiendo ante Camagüey . Se acaba de fracturar dos costillas y no le queda de otra que andarse quieto, sentarse al televisor y espantarse un juego de pelota. “Vamos a ver qué hacen –suelta con resignada calma– hay dos outs pero tenemos hombre en segunda”. Abuelo tiene malas pulgas y siempre ha estado al frente de todo, por eso le cuesta asumir normas ajenas. Tendría que hacerlo; nadie, ni los hijos, construyen su propio barco para que otro sea el capitán. Él se niega. Prefiere morirse apestando en su cuartel general, solo, que oler a talco perfumado y bajar la cabeza y no poder gritar y no darse los purulentos tres tragos que, a estas alturas de la vida, le da la gana de tomarse. Desde que se jubiló, ya nadie recuerda por qué berrinche, comenzó a envejecer. Lo supo de inmediato, sintió que los años querían cobrarle una factura por encima de lo común, como cuando gastas más corriente de la que toca y, así de sencillo, no lo ...

Yo maté a Mayakovski

No me daba la gana de morir en el “puerto seguro” de la tal reseña. Desde que empecé la lectura, me había imaginado en un escritorio con luz tenue, máquina portátil y una taza de té hirviente en la que iría dejando caer pedazos de hielo, con la sola aspiración de escuchar el quebrantado “crac” producido por la física o la química o alguna otra cosa compleja furtiva a mi entendimiento. En tal ambiente escritural –idílico y absurdo –hilvanaría frases que me habían impactado como esa que asegura que “De un faro nadie puede escapar. Inútilmente pretendí ser la excepción” . Dejaría caer también que el autor emplea constantes elementos anafóricos en busca de la redondez de la pieza, lo cual conjuga con hipertextos a obras de poetas foráneos. Como quien traga bocanadas de grandeza, me había visto describiendo el carácter costumbrista del segundo relato o la asquerosa sensación que provoca el tercero en sus postrimerías, cuando tuve que detener la lectura y alejar el libro de la...

Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura. Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones. No quisimos verlo; cobardía, vagancia, miedo, amor; nadie sabe… y tampoco importa. Luego de ese domingo abuela dejó de caminar sin necesitar ayuda; por primera vez en años, quizá más de 70, paró de trabajar para los demás y comenzó a requerir, como la prueba de amor más grande ...