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Yo maté a Mayakovski

No me daba la gana de morir en el “puerto seguro” de la tal reseña. Desde que empecé la lectura, me había imaginado en un escritorio con luz tenue, máquina portátil y una taza de té hirviente en la que iría dejando caer pedazos de hielo, con la sola aspiración de escuchar el quebrantado “crac” producido por la física o la química o alguna otra cosa compleja furtiva a mi entendimiento.

En tal ambiente escritural –idílico y absurdo –hilvanaría frases que me habían impactado como esa que asegura que “De un faro nadie puede escapar. Inútilmente pretendí ser la excepción”. Dejaría caer también que el autor emplea constantes elementos anafóricos en busca de la redondez de la pieza, lo cual conjuga con hipertextos a obras de poetas foráneos.

Como quien traga bocanadas de grandeza, me había visto describiendo el carácter costumbrista del segundo relato o la asquerosa sensación que provoca el tercero en sus postrimerías, cuando tuve que detener la lectura y alejar el libro de la cara.

Sin embargo, ahí estaba el profesor… sentado sobre el buró y lanzando un intento bárbaro de estrujarnos la moral. “Una reseña periodística clásica estará bien, prefiero eso a que se pongan a innovar, odio las innovaciones…” dijo despectivo y amenazante como quien aconseja a un rebaño de ineptos: “Estimados mediocres, vayan al seguro”.

En ese instante, desaparecieron de un “chas” los análisis que mi pseudointelecto había echado a andar y solo me vino a la mente la maldita cubierta del libro de marras, con el rostro resentido y rojizo de un poeta soviético que mira desafiante bajo unas letras sobrias y mayúsculas que encarnan la áspera orden o súplica –¿quién sabe? –, de NO MATES A MAYAKOVSKI.

Pensé que esa podría ser mi cara en aquel instante y, retándolo desde una esquina con ojos entrecortados, le grité sin abrir la boca: “Eso mismo, profe, eso… no nos mate al bardo antes de tiempo.

Después volví a inocularme en las tripas del libro y nuevamente evoqué la imagen del profesor para asegurarle, desde mi paranoia, que la parte de adentro también me incitaba a la irreverencia, a no conformarme con la “clásica reseña periodística” y a retarlo –él había advertido que ello sería fatal – aunque a la semana siguiente se apareciera con un “2” en mi cuadrícula del registro o peor… un “3” que me excluyese del martirologio y condenase al cubículo más apestado del saco de los mediocres.

¡Qué importa!, reaccioné, él mismo dijo el primer día que la puñetera nota jamás serviría para nada y, además, no tengo pensado subrayar de manera ridícula en la contracubierta de mi primer volumen de decepciones, que el estimado autor acabó sus días universitarios con un cuño desteñido al dorado.

Pero lo importante no era mi amor propio ni la arrogancia del profe, sino el bendito libro de Alberto Marrero Fernández que me había provocado –he de decirlo así –una especie de desate esquizofrénico, como si cada uno de sus 17 relatos hubiesen contribuido a aceptar mis locuras e incluso potenciarlas.

El próximo paso fue stalkearlo: premios nacionales de literatura, poeta, narrador, escritor, escritor, escritor…  En Facebook, el tipo tiene por lo menos tres perfiles –ninguno abandonado –en los que sus propias publicaciones no resultan tan frecuentes como las de los intelectualuchos de segunda que lo etiquetan en cualquier cosa con tal de tener un resquicio más de visibilidad.

Luego de mucho scroll, dictaminé que, al menos en los últimos meses, solo postea versos que aparecen, a una primera vista, bajo el avatar de un clásico escritor que sonríe y mira la hoja, y que se interrumpen de manera abrupta por un “Ver más” en azul acompañado por tres puntos suspensivos.

De él guardaba el recuerdo áspero de un año atrás cuando visitó la clase de literatura. Leyó algunos de sus poemas y también No mates a Mayakovski, no el libro, sino el cuento homónimo. Aquella lectura había dado un salto en el tiempo y se había colado en mi cabeza, de forma tal que cada palabra que devoraba de su obra me parecía entonada por su timbre acostumbrado a tertuliar. Más que eso, olí el tufo de que aquello no era ficción y sí una realidad camuflada con metáforas pretenciosas.

Me imaginé llamándolo al fijo y enunciándole con la voz ronca de un secuestrador: “Lo sabemos todo, Alberto, esa cosa que escribiste es el reflejo distorsionado de tu existencia”. Aprovecharía entonces para agradecerle su intento de escapar de los baches, los balcones destartalados, los contenes, las fosas… para demostrar que, además de eso, “somos frikis en apariencia vencidos por la desesperanza, perros nostálgicos, mentes brillantes, tarrudos, celosos, suicidas, náufragos agradecidos y locos incapaces de dilucidar hasta dónde la ficción y a partir de qué punto la vida”, sentenciaría y colgaría de un tirón para que pensase que hay gente peligrosa y sensible que lo lee.

Ahora es madrugada. Salgo del trabajo y me atormento con la carrasposa voz del profe anunciando cuanto mucho un cuatro para los infractores del maldito plazo de entrega. Luego pienso en sus contradicciones al amenazar con quitarnos algo que, ya él había dicho, no sirve para nada. Me cuestiono si yo mismo no habré matado a Mayakovski, si no hubiese sido mejor saldar la cuestión con una reseña cordial que, recibida en tiempo, sería escrutada sin mucho interés, bajo el consuelo de que “este, por lo menos, se leyó el libro”. 

Entonces, vuelvo a pensar en Alberto Marrero y las cosas locas que escribe, me inspiro en sus irreverentes y sueño con llegar al escritorio de luz tenue donde, con suerte, me espera la jarra de té ardiendo junto a un pomo picado con hielo roto.

Publicado en Cubahora

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