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La pelota y yo


La mayoría le hacía coro a los azules y yo pensaba que tantos habaneros no podían haber ido a otra provincia para ver un juego de pelota...


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El último día de prescolar mamá apareció con un pequeño bate de madera. Meses después, en primer grado, le dije a abuelo que quería ser pelotero y llegó con un diminuto guante de vinil. Me aseguró que era “profesional”, de pitcher o de segunda base, y yo llegué al aula y se lo conté a todos.

Por las tardes, en el barrio, robábamos de las gavetas las medias que nos parecían viejas, buscábamos papel de libreta y una piedra pequeña para confeccionar la pelota. Jugábamos hasta que se perdía el sol, hasta que Maritza mandaba entrar a Richard con un grito o hasta que el agua del contén destrozaba el papel que hacía de relleno y terminábamos con una especie de torta dentro un trapo.

La cuestión es que la pelota era la vida en aquellos primeros años del dos mil… el terror de las casas recién pintadas o de las pulcras banderas que colgaba el presidente del CDR los días significativos: la pelota dejaba marcas.

Mi primo me llevaba al estadio y nos sentábamos arriba de primera para animar o sobre tercera porque –según él– desde ahí todo se veía mejor.

Un día, bromeando, me aseguró que si el director se enteraba de que “cada vez que tú vienes al estadio ellos ganan, te convierte en la mascota del equipo”. Lo tomé en serio e imaginé que sería perfecto. Escuchar lo que decían, conocer el banco, ser parte –aunque decorativa– de los hechos…

Y me preparaba psicológicamente cada vez que visitaba el estadio, porque andaba seguro de que en cualquier momento el manager me buscaría en las gradas y suplicaría que fuera a batear, que el equipo me necesitaba… Entonces podía ver cómo el carga bates ayudaba a ponerme las protecciones y cómo me paraba desafiante en el home y metía la pelota contra la cerca, que es lo único más emocionante que pegar un jonrón.

El equipo casi nunca ganaba. Nosotros permanecíamos hasta el último out, expectantes, ansiosos, conscientes de que cualquiera daba un estacazo y viraba el juego al revés… y yo diciendo: “Contra, pónganme a mí”.

Y estaba Garlobo: un mulato barrigón que caminaba y miraba con ínfulas y se pintaba rayas negras bajo los ojos, pero tenía la postura más elegante que desde entonces haya visto sobre un cajón de bateo.

A veces se pasaba el juego en el banco y lo sacaban en el noveno inning, o en el diez, como si fuera el arma secreta. Salía a botarla y la botaba. Desde que conocí a Garlobo, solo iba a los estadios para verlo batear. Si perdíamos me deprimía; la tristeza también me embadurnaba cuando él recibía un ponche o simplemente daba un hit que avanzaba a rastras entre primera y segunda. Que no jugara era como leer un cómic después de que mataran al héroe.




El más sublime resultó aquel juego contra la Isla de la Juventud; un play off. Estábamos perdiendo en el noveno inning y Ariel Sánchez bateaba… el último chance. El estadio repleto y la gente se daba constantes palmadas en los muslos como si hubiese apostado todo o como si, sencillamente, estuviesen a punto de dejar caer al vacío un papel en que habían escrito “este año sí”.

La muchedumbre de pie, callada, expectante, labios secos. El sol había ido bajando poco a poco y le había dado tonos sepia a la parte derecha del graderío. Ariel conectó el batazo. La bola se elevó atrás y arriba, atrás y arriba, atrás y abajo, atrás y atrás y ganamos y viste que sí y atrás y atrás y te lo dije y atrás… y la pelota se voló la cerca, pero a pocos metros del tubo amarillo que delimitaba la zona de foul.

Creo que después se ponchó y todo se fue al carajo y la gente seguía sin moverse, sin esperanzas, sin nada que hacer, pero todos arrancaron a aplaudir y fue hermoso presenciar aquella mezcla entre reconocimiento y pecho roto que ya comenzaba a agolparse en los fosos de salida, como quien esgrime melancólico “hasta el año que viene” y después escupe al suelo. 

Lo peor ocurría cuando Industriales visitaba el estadio. Aquel sitio se repletaba y la mayoría le hacía coro a los azules y yo pensaba que tantos habaneros no podían haber ido a otra provincia para ver un juego de pelota. Caía en la certeza de la traición. Los despreciaba. Para mí era como ver pelear a un hermano y alentar al contrario por el solo hecho de que fuera más fuerte. Ellos eran unos cobardes y yo un radical.

Y me adapté a perder y con el tiempo comencé a preferirlo. Cuando se fueron mis héroes: Garlobo, José Miguel, Heredia, Mujica… cuando murió de a poco la espectacularidad, cuando la cosa consistió en traer al que quisiera venir para que la camiseta triunfara, cuando mi equipo fue un cuasi team Cuba, dije que quería ganar, pero no así. Y me olvidé de todos…


Publicado en Cubahora

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