Ir al contenido principal

Yo recuerdo los domingos

Para mí, abuela siempre había sido así. La conocí ya vieja y con el rostro arrugado, quitando y poniéndole las medias a mi abuelo, caminando de aquí para allá, barriendo las esquinas, pendiente del fogón. Creí en la fantasía de lo eterno, pero nunca conté con lo implacable que es el tiempo a la hora de cobrar factura.

Las pistas fueron llegando poco a poco y ninguno de nosotros tuvo el valor de aceptarlo. Ahora tenía 20 años más sobre su cuerpo y, aunque continuaba realizando las mismas operaciones de su eterna rutina, le apareció una inocencia infantil en la sonrisa, la velocidad disminuyó, el sabor de los frijoles fue perdiendo el punto exacto y se empezó a acumular algo de polvo en los rincones.

No quisimos verlo; cobardía, vagancia, miedo, amor; nadie sabe… y tampoco importa. Luego de ese domingo abuela dejó de caminar sin necesitar ayuda; por primera vez en años, quizá más de 70, paró de trabajar para los demás y comenzó a requerir, como la prueba de amor más grande que puede imponer una madre, varias manos extra a tiempo completo.

El mismo domingo, abuelo lloró como si la culpa de todo cayera en sus hombros, algunos familiares anularon su frecuencia de visita, otros, luego de mucho tiempo, aparecieron y abuela contó oficialmente con una pequeña comisión que hoy le ayuda a vivir, además, claro, de un inmenso nailon sobre la cama en que duerme.

(Suscríbete a nuestro canal de Telegram)

A partir de entonces los temas matrimoniales de mis abuelos han evolucionado a un punto interesante. La bodega ni se toca, pues ya no quedan ni dientes ni ganas para comer el pan; el famoso y manido “¿te acuerdas, vieja?” se convirtió en una pregunta retórica con negativa de fondo. Ahora las polémicas se encaminan a recordar la “última vez” y, aunque triste, da un poco de risa reconocer que pocas veces aciertan en lo que a vaso de agua, comida y taza de baño respecta.

No todo resulta malo, abuela parece tener ahora menos pelos en la lengua y, a pesar de que entre col y col se le escapen par de lechugas de incoherencia, a cada rato nos deja caer enseñanzas como las que solo en los puntos cumbres de la vida se es capaz de redactar con los labios.

Por otro lado, me alegra decirlo, su mejilla se ha vuelto el mayor lugar común de la casa. Lo más duro del domingo es la noche, cuando llora para acostarse y todos asumimos que el dolor de su columna la está matando. Pero a veces abre los ojos y, helando las paredes de la casa, grita.

“¡Aaaaaaaaaahhhhhhhhhhh! ¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Libérame!”, gime con voz de niña. “¡Aaaahhh!”, suelta entre sollozos. Mi abuelo, que ha desarrollado junto con las canas algo de miedo a lo que no se ve, se esconde en su sábana y, antes de él mismo también arrancar a llorar, le pregunta que de dónde quiere que la saquen, que a quién le habla. “A ella. Yo quiero ser libre. ¿Tú no ves que estoy presa?”.

Mi padre corre, la protege con sus brazos y, con la calidez de un hijo que, sin pensarlo, ha asumido la responsabilidad del momento, le dice: “Está bien. Tranquila, mima”. Después, duda unos segundos y le susurra al oído que todo fue un sueño.

Imagen tomada de Webconsultas


Publicado en Radio 26

Comenta qué te pareció lo que acabas de leer.


Comentarios

  1. Ñ me mataste que hermosa historia, aunque puede ser muy triste también, el tiempo el implacable, ese aprender a vivir con nuestros mayores es en la Cuba de hoy un reto enorme, los años, la desmemoria, esos males del cuerpo que se agudizan cuando se convierten en padecimientos crónicos y no hay cura las que dar amor y alivio a algún dolor físico. Gracias muchas gracias

    ResponderEliminar
  2. Tu historia no por ser cotidiana es menos conmovedora, me encanta que es una historia de amor incondicional y de reciprocidad, mi abuela fue y sigue siendo mi Dios donde quiera que este.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

No te salves

No te quedes inmóvil  al borde del camino  no congeles el júbilo  no quieras con desgana  no te salves ahora  ni nunca                           no te salves  no te llenes de calma  no reserves del mundo  sólo un rincón tranquilo  no dejes caer los párpados  pesados como juicios  no te quedes sin labios  no te duermas sin sueño  no te pienses sin sangre  no te juzgues sin tiempo pero si                 pese a todo no puedes evitarlo  y congelas el júbilo  y quieres con desgana  y te salvas ahora  y te llenas de calma  y reservas del mundo  sólo un rincón tranquilo  y dejas caer los párpados  pesados como juicios  y te secas sin labios  y te duermes sin sueño  y te piensas sin sangre  y te juzgas sin tiempo  y te quedas inmóvil...

El cantar de las espadas

  La espada aguarda en su funda A cada lado una de las lenguas candentes del acero Cargada y lista Como quien no quiere la cosa Prepara la última estocada Ahogada por el doble filo de la rabia Para perforar a la rosa agonizante Que ante la visión del peligro se deshoja Y desenfunda la vaina escondida entre sus pétalos. ¿Quién saldrá a su encuentro? De tragedias contenidas en la pena Deseosas de hacer el cuento De como se salvaron en el último segundo Mutilando tras de sí el porvenir dudoso Que dibujaban con letras de destino Mis pasos errantes en la arena Del desierto traicionado Presuroso de lucir nuevos estandartes Chocarán muchas veces las espadas, Y las chispas que salten Alumbrarán sin proponérselo La mañana sombría donde fallaste a tu palabra Y todavía me faltas alrededor de la cicatriz Donde el puñal atravesó como esquirlas en el pecho Para dejar en su recuerdo una herida reacia a sanar Hasta que te desangres E inicie la próxima batalla En la que ya no estaré. (José Manuel...

Tres Poemas de Plácido. La sátira... la épica... el dolor

Las Faltas Fáltale, Silvio, paz al bandolero, Talento al tonto, suerte al desgraciado, Ropa al poeta, gloria al condenado, Sanidad de conciencia al usurero, Bonanza en la borrasca al marinero, Vida al difunto, gusto al mal casado, Quietud al inexperto enamorado, Y amigos al hinchado caballero, Razón al pobre, pesadumbre al rico, Caridad compasiva al escribano, Velocidad al mísero borrico, Al enfermo salud, males al sano, Novia al sortero, a la pelada trenza, A tu esposa virtud, y a ti vergüenza. Jicotencal Dispersas van por los campos Las tropas de Moctezuma, De sus dioses lamentando El poco favor y ayuda Mientras, ceñida la frente De azules y blancas plumas, Sobre un palanquín de oro Que finas perlas dibujan, Tan brillantes que la vista, Heridas del sol, deslumbran, Entra glorioso en Tlascala  El joven que de ellas triunfa. Himnos le dan la victoria, Y de aromas le perfuman Guerreros que le rodean, Y el pueblo que le circunda; A que contestan alegres Trescientas vírgenes puras: –B...